Crónica narrativa: Fiesta Nacional de los Estudiantes
Entre Carrozas y Carroceros: Un Viaje por la Tradición.
De una idea, que se hace un dibujo. Así nacen en las aulas de los quintos años de las escuelas jujeñas las carrozas que luego desfilarán por la avenida de los Estudiantes, cuando llegue la primavera.
Desde 1952, cada septiembre, Jujuy se viste de primavera. La Fiesta Nacional de los Estudiantes (FNE) le da todo el colorido, la alegría y la vitalidad de los jóvenes. Oficialmente la fiesta se desarrolla en el predilecto mes de los estudiantes, pero empieza con diversas actividades propuestas muchos meses antes por el Ente Autárquico Permanente, formado por estudiantes que representan a varios colegios de la provincia; propuestas como las elecciones de reinas de cada colegio secundario, el finde estudiantil (anteriormente conocido como “Sábados Estudiantiles”) son las actividades que van abriendo paso a los emblemáticos desfiles de carrozas.
Un día normal en el canchón comienza a las ocho de la mañana y termina a las once de la noche. El último día de canchón empieza la mañana anterior. Esta mañana los estudiantes van normalmente al colegio pero en vez de tener que sentarse frente al profesor y apuntar su explicación van directamente al lugar que se convirtió en su casa desde aquel 8 de agosto cuando dio inicio el armado de su obra de arte, transformándose de alumnos a carroceros. En Jujuy, el famoso “canchón” es el lugar donde se lleva a cabo todo el armado de la carroza, normalmente se divide en tres sectores: flores, hierros y electricidad, cada uno de ellos dirigido por un jefe que es un alumno designado por los profesores asesores.
Ocho de la mañana y enfundándose en su respectivo uniforme, el mameluco de trabajo, más de 60 carroceros se dirigen a sus áreas de trabajo. Según Josefina Ríos, carrocera en hierros, no es un día normal porque estando a 24 horas de tener que subir la carroza, y con la estructura de hierros ya lista, les toca venir a ayudar a las chicas y chicos de flores. El ambiente es ameno y acompañados de las canciones de moda todos trabajan cantando, charlando y riendo entre sí. La mañana de mucho trabajo transcurre con normalidad, llega la hora del almuerzo y la mayoría decide quedarse a comer en el colegio para no dejar escapar el tiempo. El canchón se sumerge en un silencio indicador de descanso.
Alrededor de las tres de la tarde, poco a poco se vuelven a oír los murmullos y una que otra carcajada, lo que indica el regreso de los jóvenes y un nuevo inicio de la “jornada laboral” en la que decidieron adentrarse meses atrás. A medida que pasaba el tiempo, la intranquilidad inundaba el ambiente y la producción de flores de papel y de latas, mandalas con cds, decoraciones con tapas de gaseosa, entre otras cosas, se acelera más y más.
Las carrozas son realizadas mayormente con materiales reciclados que recolectan sus constructores, además de materiales artísticos nuevos comprados con la colecta de dinero realizada en la respectiva elección de reina y las ferias de platos, también organizadas por los alumnos de 5to año. Son inigualables obras de arte, que cuentan con un arduo trabajo artesanal para ornamentarlas, iluminarlas y, en caso de ser técnicas, darles movimientos. Miles de flores de papel y focos, cubren sus estructuras de hierro, alambre, cartón, papel de diario y cables. Hay diferentes expresiones del arte, dejando en evidencia la imaginación única de los jóvenes. Todo esto tiene como principal motivación lucir sus obras, pasear a sus reinas y princesas en los desfiles que se realizan en la Ciudad Cultural y orgullosos representar a sus colegios. Aproximadamente desde el año 2021, el Ente, para fomentar el uso de materiales reciclables y la sustentabilidad, decidió premiar a las carrozas que registren menor huella de carbono.
Todo este trabajo no podría ser posible sin los padres y profesores asesores, quienes en sus tiempos libres asisten al canchón a ayudar a los chicos con todo lo necesario, rememorando así su experiencia como carroceros en su adolescencia. A eso de las 6 de la tarde, todos los días sin falta, les organizan a sus hijos una merienda grupal para que puedan tener un momento de relax y descanso; las mesas colmadas de cosas dulces y saladas varían día a día y se convirtieron en una de las partes favoritas de los chicos. Cande Toconas, carrocera de electricidad, afirma que disfrutan de este momento comiendo en cantidad, escuchando música, riendo y charlando con unos buenos mates. La latente intranquilidad es opacada por el disfrute del gran banquete.
Al cabo de media hora y al ritmo de “Hoy” de Valentino Merlo y The La Planta, los carroceros vuelven a seguir haciendo manualidades y las respectivas conexiones eléctricas. Para este punto del día, los jefes de cada sector (bastante estresados) supervisan que todos estén trabajando porque, de otra manera, no llegarán a tener lista la carroza para subirla. El jefe de electricidad, Juan Castro afirmó que “yo como jefe, por ahí, tengo que estar mucho más pendiente de los chicos… creo que la vida de un carrocero “común” es más estresante que lo de los jefes porque están todo el día trabajando y teniendo que hacer las cosas bien, en cambio, los jefes trabajamos pero a la vez estamos mucho tiempo controlando si hacen las cosas bien, si necesitan ayuda, etc.”, y en definitiva, para este punto de la producción, el estrés en conjunto de un poco de miedo son emociones constantes en todos y cada uno de los chicos.
Un olorcito a choripan se asoma al área de trabajo, las panzas empiezan a rugir y al grito de “los papás se pusieron la 10, ¡hicieron choripanes!” los chicos salen corriendo para callar sus estómagos. Compartiendo, riendo y charlando el ambiente se va impregnando de notas de nostalgia, poco a poco los carroceros se van dando cuenta de que todo está terminando, que su 5to y último año se les está escapando de las manos, que lo que tanto esperaron desde el momento en el que empezaron el secundario se estaba haciendo realidad. Con palabras alentadoras, los padres y profesores animan a los chicos a continuar con la obra que representará a su colegio.
Las horas nocturnas comenzaron a tejer su red de quietud, algunos deciden firmar su salida e ir a descansar, pero la gran mayoría optaron por extender su turno porque “si dejamos de laburar, no vamos a llegar” dijo Juanjo Castro. No aburrirse y mantenerse despierto era lo esencial; los parlantes retumbaban al ritmo de una mezcla rara de ritmos: el cuarteto, la cumbia, las canciones de Disney y el folklore no faltaban; más de 20 mil filigranas ya estaban listas pero había que seguir para tener de repuesto para los desfiles, la torre y el bote van tomando forma y color poco a poco. Pegando tapas, flores de lata y papel, botones, corchos, entre muchas otras cosas, la noche y la carroza avanzan. Llegan las cuatro de la mañana, con los ojos ardiendo y latas de energizante en mano, los chicos cantan y charlan mientras comparten lo que pensaron serían los últimos momentos de trabajo.
El sol se asomó tímidamente y los pájaros entonaban su canto, el olor a café y el ruido de mate envolvían el ambiente. El parlante nunca se apagó y, al ritmo de “Mil preguntas” de Luck Ra y Q’ Lokura, los carroceros entraron a lo que serían sus últimas siete horas de esfuerzo. Los que se habían retirado vuelven renovados a seguir ayudando. Las sonrisas eran frágiles máscaras, detrás de cada gesto amable, la ansiedad de no saber si tendrían la carroza lista a tiempo se escondía, acechante. Más de 30 mil personas asisten noche a noche a los desfiles, más de 30 mil personas la verían abrir la segunda noche de desfiles. La carroza no debía estar lista, la carroza iba a estar lista.
En un inicio, los desfiles tomaban lugar en la famosa Avenida Córdoba de la capital provincial, pero, por el intenso crecimiento año a año de la FNE, en el año 2016 se traslada a la Ciudad Cultural (también conocida como Ciudad Cívica). Hoy, a ocho años del cambio y en su 73º edición, la Fiesta Nacional de Los Estudiantes espera por el paso de 68 carrozas y carruajes que llegan desde distintos puntos de toda la provincia y que deslumbrarán al público divididas en dos grupos, el A y el B.
Las manecillas del reloj danzaban en un compás melancólico, cada tic y tac era un susurro del tiempo que se escapa. Marcan las doce del mediodía, para este punto todo el colegio ayuda a la promo, desde los más chicos que anhelan con que llegue su turno hasta los profesores y preceptores que durante todo el trayecto vieron a los chicos reír, llorar, estresarse, divertirse, pero nunca bajar los brazos. La carroza ya no se parece en nada a lo que el día uno llegó siendo solo un chasis, ahora es una verdadera obra maestra llena de colores, luces, brillo y vida.
Hermosas pero para nada baratas, las carrozas y carruajes necesitan una gran inversión de dinero, además de tiempo. En 2024, para construir una carroza no técnica se necesitó entre 15 y 20 millones de pesos, y para una técnica (incluye movimientos) alrededor de 30 millones. Por esto, es tan importante para los chicos conseguir todo el material reciclado posible, pidiendo ayuda y colaboración por todos los medios posibles a toda la comunidad jujeña con la junta y recolección de elementos que serían desechados en un dia a dia, como papeles, tapitas y chapitas de gaseosa, maples de huevo, rollos de servilletas, sachets de leche y yogur, entre otros muchos materiales reciclables.
Una y media del mediodía, carroza lista. Con algunos detallitos a seguir trabajando en el parque cerrado (hogar de las carrozas durante la semana de desfiles) pero lista en fin. Con calor, hambre y oblea en mano los chicos admiran embobados su trabajo. Una mezcla de tranquilidad, felicidad y nostalgia inunda cada espacio. Por primera vez en este largo día de más de 30 horas, el parlante se cayó, una carrocera se paró y un emotivo discurso entonó. Lágrimas de emoción derramándose sobre las mejillas cansadas de alumnos y padres, largos abrazos de orgullo y felicidad no faltan.
Dos de la tarde, la obra maestra sale imponente del canchón, seguida de su ejército de artistas, como soldados listos para el combate. Los ecos de los momentos vividos se desvanecen en el viento. Las puertas del canchón se cierran hasta la próxima batalla.





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